Desde pequeño siempre tuve una vida muy curiosa. La naturaleza fue mi centro de atención. El mundo que me rodeaba siempre despertó mi interés y, desde muy temprano, sentía la necesidad de observarlo, interpretarlo y admirarlo.
Recuerdo que podía pasar largos minutos mirando las nubes. Me producía una euforia y una emoción difícil de explicar simplemente contemplar el cielo. Era una de mis actividades favoritas: quedarme quieto, observar y dejar que mi imaginación hiciera el resto.
Mis papás también se quejaban algunas veces porque me gustaba demasiado crear cosas y transformar los espacios que me rodeaban. Imaginaba cómo podía modificar mi habitación, qué sistemas podía inventar o cómo hacer que algo funcionara de una manera diferente. Llegué a cerrar la puerta desde mi cama utilizando hilos, a convertir la casa en una especie de nido de arañas lleno de cuerdas y a llenar los espacios de cables que después terminaba cortando.
Mi vida, desde entonces, estuvo marcada por la creatividad.
En aquella época la tecnología todavía no ocupaba el lugar que tiene hoy. Mi principal ventana hacia ese mundo era un televisor en el cuarto de mis padres, donde veía Art Attack. Allí encontraba manualidades, objetos y proyectos que despertaban inmediatamente mis ganas de hacer. Muchas veces ni siquiera tenía los materiales necesarios, pero eso nunca fue un impedimento. Buscaba la manera de conseguirlos, inventaba alternativas o incluso me escapaba a la tienda para comprarlos.
Poco a poco, crear se convirtió en una rutina.
Después comencé a dibujar por mi cuenta. No porque alguien me lo pidiera, ni porque tuviera que hacerlo, sino simplemente porque me gustaba.
Desde el colegio, muchas personas comenzaron a decirme que era un artista. Mi madre me lo decía desde pequeño y todavía lo hace hoy. Sin embargo, durante mucho tiempo para mí simplemente era algo normal. Era algo con lo que había crecido.
El arte siempre fue mi espacio de escape. Un lugar donde podía estar conmigo mismo, relajarme y simplemente ser.
Hasta hoy, el arte me ha acompañado en todo lo que hago.
Con el tiempo decidí estudiar arquitectura. Mi fascinación por observar los espacios, entenderlos y transformarlos fue creciendo hasta convertirse en una parte fundamental de mi forma de pensar. El diseño tridimensional comenzó a ocupar mi mente y la arquitectura apareció ante mí como un sueño.
Pero pronto entendí que no estaba alejándome del arte.
Estaba encontrando otra forma de hacerlo.
La arquitectura me permitió llevar esa necesidad de crear a los espacios, a las formas, a las experiencias y a los mundos que podía imaginar.
Las ganas de crear nunca desaparecieron. Solo se hicieron más conscientes.
Hoy sigo haciendo arte, pero desde otro lugar. Ahora quiero crear con intención, construir imágenes que tengan algo que decir y convertir experiencias, recuerdos, ideas y emociones en algo que pueda ser visto.
Con el paso de los años, también empecé a reconocer mi relación con la cultura y con mis raíces. El Caribe, sus formas de vivir, sus colores, sus historias, su naturaleza y su manera de sentir el mundo comenzaron a ocupar un lugar cada vez más importante en mi identidad.
Hoy esas raíces hacen parte de lo que creo.
Soy NEFH.
Nicolás Emilio Flórez Hernández.
Artista.